Foro de debate sobe el iberismo. Casimiro Sánchez.
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Huir de la guerra como se huye de la peste. Pero ese ideal es más difícil de predicar que de conseguir. El deber de ser pacífico estaría colocado en la cúspide de la pirámide de deberes si no fuera por nuestro genético afán cizañero. Los niños de la posguerra no sólo no quedamos hartos de la guerra de nuestros padres sino que nos dedicamos a guerrear como si el hacerlo fuera una herencia honorable e imitable. Buscábamos a un carpintero para que nos fabricara una resistente y manejable espada de madera, y bien organizados, en batallones de barrio, luchábamos contra los de los otros barrios con la misma destreza que lo hacían los expertos de la Edad Media. Otras veces, nos íbamos a las canteras, acumulábamos montones de piedras, y con un pie adelantado sobre el borde del abismo y la otra pierna ligeramente retrasada las lanzábamos con el mayor odio y orgullo identitario al cantil de enfrente para escalabrar al enemigo. Digo orgullo identitario, porque lo que defendíamos era nuestra Patria reducida, que era el barrio. El chico o la chica de cualquier otro que quisiera pasar por el nuestro, a ver a un familiar o realizar un recado, tenía que pasar por más controles que en Irak actualmente. Los niños desposeídos de la guerra remedábamos los más caprichosos agravios de la historia. Nos reíamos nosotros de todos los independentistas de ahora. Aquello sí que era federalismo puro y duro. Porque la paz es un espejo engañoso. La paz entre los hombres es un objetivo imposible porque la guerra siempre tiene más artimañas para envolver las conciencias. Quizá si los que deciden la guerra estuvieran al frente de las tropas como hacía el capitán de mi guerrilla de niño que era el que más piedras lanzaba, otro gallo nos cantase. No creo que sea fácil decidir ninguna guerra, pero si repasáramos que ninguna guerra ha servido para nada, salvo para enriquecer a unos pocos, ¿y eso, al final, para qué sirve?, posiblemente la pensáramos dos veces. Siempre pueden encontrarse argumentos para hacer una guerra, pero con argumentos o sin argumentos la guerra es odiosa, soberbia, vejatoria. La guerra es una letrina comunal donde pican las gallinas descarriadas y hambrientas del vecindario. El cine y las series americanas nos muestran los desastres físicos y psicológicos de sus inútiles guerras. La guerra es un manto de dolor y basura para quien la comienza y para quien la acepta, y lo mejor que puede hacerse cuando estalla es quedar inmóvil y mudo, por lo menos. Por eso, contemplo con estupor cómo los que en otras ocasiones gritaron a nuestro lado ¡No a la guerra! ahora la aplauden, como si la guerra también hubiera cambiado de camisa. Casimiro.

2011-03-20, 20:43 | 0 comentarios

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